Papá Pitufo Es Calvo

Papá Pitufo es calvo

En una de tantas calles, de una de tantas ciudades, de un paí­s chiquitito y acomplejado, viví­a un pequeño ser, con sangre azul y piel roja, o al revés, que si no, no sale, y que no era porque sintiera los colores de su equipo en la sangre, que a lo mejor sí­, sino que habí­a nacido así­, con ese descuadre genético.

Era un personaje entrañable, de ojos azules y escasa melena, cuya única finalidad en la vida se basaba en dar esperanza a sus semejantes.

Todas las mañanas, el simpático bajito (¿os he dicho ya que era muy bajito, no?) se paseaba por las calles más céntricas de una de esas tantas ciudades de la geografí­a mundial, acercándose a la gente, principalmente muchachas, a las que animaba dándoles suaves golpecitos en la espalda, hablando con su voz aguda, y ofreciéndoles consejos, al tiempo que las intentaba convencera para que vivieran una vida mejor… junto a él.

La gente le saludaba al pasar. Los comerciantes del barrio le respetaban, y todos le conocí­an como Papá Pitufo, por su sangre azul (debida a su ascendencia), aunque su piel era roja (debido a su alcoholismo). Pero las cosas en la vida de Papá Pitufo no eran siempre de color rosa, pues ocultaba un terrible secreto…

Cada vez que llegaba a casa, Papá Pitufo saludaba a su familia, ayudaba a mantener el orden en su entorno… Y odiaba acercarse a un espejo. Y aunque siempre presumí­a de ser un hombre de ideas claras y trato directo, la representación de estos dos conceptos en su vertiente fí­sica le traí­an por la calle de la amargura (vamos, que era más calvo que una rana).

Se acostaba tarde, casi siempre el último, porque quería ocultar su desdicha al resto de los habitantes del hogar.

Todos los dí­as, frente al espejo del armario, le hací­a una promesa a los cientos de nombres que pueblan el Santoral Católico, si al quitarse el gorro encontraba que un cabello habí­a conseguido echar raí­ces en su brillante azotea. Por lo general, esos mismos nombres a los que invocaba en un «antes» plausible, quedaban cubiertos de excremento de mandril en un «después» penoso.

Así­, Papá Pitufo veí­a pasar los dí­as, meses, años… Siempre en busca de una mujer que le quisiera, y que, cuando la conseguía, la echaba a un lado e iba por otra, para hacerla también «feliz» y extender su filantropí­a por todos los rincones que le dejaran alcanzar.

Hasta que un día, su novia se enteró, le regaló una peluca, le ató los pies con un cinturon y lo tió al rí­o, por gilipollas.

Y aquí­ se acabó la historia de Papá Pitufo.