Tus Manos y Las Mías

Estas son mis manos; un capricho, o un lujo, que procuro disfrutar a cada momento, utilizándolas para escribir, con mayor o menor fortuna, pero a sabiendas de que otros, vulgares aprendices muy bien asesorados, intentaron hacer lo mismo con las suyas en un pasado.

A esas las he visto escribiendo cosas de retorcido verbo y floripondios varios, pero nunca consiguieron llegar más allá de la propia memez de su dueño, dependiendo siempre de otras manos, mucho más aventajadas, que les iban guardando las espaldas, como el profesor de Educación Especial guarda que ninguno de sus alumnos se atragante con una pieza del Tente.

Es más, las osadas inexpertas aparecen y desaparecen a voluntad. Tan pronto escriben algo con aparente sentido como enmudecen durante meses, quizás años, hundidas bajo el peso de su propia estulticie, temblando al sentirse incapaces de manejar la misma batuta que las sabias manos que intentaron orientarlas.

Y el tiempo ha terminado por desterrar tus manos al vacío infinito del anonimato, sujetas a un rosco, algo más grande que el de antaño, pero con la única esperanza de poder seguir agarradas al mismo mucho tiempo, que es para lo único que, quizás, fueron hechas.

Tus manos, inexpertas en la Paz, han colaborado fieramente en la Guerra, como el soldado inútil que lanza un obús contra su propio bando y luego pretende hacer creer que ha sido un error, cuando es imposible que un artillero, debidamente formado, cometa tal imprudencia, a no ser que lo haya hecho a posta.

Tus manos, al igual que el artillero de mi ejemplo, están acabadas, y quedará el recuerdo de lo que intentaste en cada paja que te casques, porque es para lo único que sirven: tocar los huevos.