METRÓPOLIS: Ciencia Ficción en Mayúsculas

Estamos hablando de una de las grandes películas del primer tercio del siglo XX. Una película que marcó una pauta en el cine y que se convirtió en todo un icono pop durante la década de los 80. Una pieza de coleccionista rescatada por Giorgio Moroder en 1984, restaurada, coloreada (de forma peculiar, y dotando de mayor expresividad a la cinta) que abrió camino al naciente movimiento cyberpunk, definido por un entorno cutre, pero con un alto nivel tecnológico.

Esta película se consagró, casi 60 años después de su estreno oficial en todo el mundo, y algunas de sus escenas se convirtieron, también, en icono de la era «pop», siendo utilizadas, algunas de ellas, en vídeos músicales de grupos como Queen («Radio Ga Ga»):

El vídeo, quitando las escenas en las que se ve a la familia con las máscaras anti-gas, las dos o tres escenas de guerra y las propias en las que aparece el grupo, está formado por imágenes de la película, haciendo Freddie Mercury un fantástico tributo a la misma: emula al trabajador 11811, manipulando lo que parecen ser agujas de un reloj, pero que se trata realmente de conmutadores que debían unirse en los puntos en los que se encendían las luces. Todo un ejemplo de crudeza laboral: tirarse diez horas diarias procurando que los conmutadores estén siempre conectados.

La verdad es que esta película ha sido objeto de múltiples análisis al respecto de su significado. Hay mucho cultureta suelto que alude a que la trama de la película esconde una crítica ácida y brutal al sistema capitalista. Se podría tomar como tal, puesto que durante la década de los 20 hubo un impulso en la Revolución Industrial (recordemos a Chaplin y sus Tiempos Modernos). Yo la he visto como la vió Moroder: una historia de Ciencia Ficción hecha con un cuidado extremo y con la única pretensión de presentar la historia que contiene como tal, sin misticismos.

Metrópolis es una ciudad futurista. La acción se desarrolla en el año 2026 (100 años después del rodaje de la película). Las diferencias sociales se han acrecentado, y mientras los obreros viven y trabajan en el subsuelo, manipulando toda la maquinaria que hace funcionar todos los sistemas de la Ciudad, en la superficie viven los «elegidos», que son los que deciden, sin importarles que sus decisiones repercutan en graves problemas para la clase obrera que opera en el subsuelo, como realmente sucede, pues la clase obrera realiza turnos de 10 horas diarias, extralimitando sus fuerzas, y ello ocasiona graves accidentes laborales.

Freder Fredersen es el hijo de Joh Fredersen, el dueño y mandamás de Metrópolis. Jugando en los Eternos Jardines de la Alegría, un bucólico lugar erigido dentro de Metrópolis, presencia una escena que no esperaba: de las puertas que dan al subsuelo de Metrópolis sale una joven muchacha, rodeada de niños, que les muestra a éstos cómo es el mundo fuera del subsuelo, cómo es el bello paisaje de los Eternos Jardines de la Alegría, y cómo son aquellos que viven en el exterior, a los que llama «hermanos». Freder, al verla, siente que debe saber quién es, que debe conocerla, y se adentra en el corazón del subsuelo de Metrópolis buscando a la joven, pero realmente se encuentra, de bruces, con la realidad de los trabajadores que permiten que Metrópolis funcione constantemente, gracias a su incesante trabajo, y llega a presenciar un terrible accidente laboral, con el que tiene la sensación de que los trabajadores se están sacrificando a la máquina, ya que es su deber y obligación. Es decir, anteponen la salud de la Ciudad a su propia salud, puesto que el fin de su existencia es trabajar en favor de la Ciudad que crearon.

Metrópolis Ciudad
Metrópolis es una ciudad gigantesca, tremendamente similar a muchas de las grandes urbes que, a día de hoy ya son una realidad, y con un concepto que fué modernizado en filmes como El Quinto Elemento.

Después de presenciar el brutal accidente, Freder va corriendo al despacho de su padre, el cual está ocupado dictando una carta al secretario, que al mismo tiempo está anotando información bursatil de un panel electrónico que el sr. Fredersen tiene en la pared de su despacho. Un concepto que resultaba impresionante en aquellas fechas, pero que hoy es ya una realidad indiscutible (Tanto como el video-teléfono con el que Joh Fredersen está en contacto permanente con cualquier punto de Metrópolis, y que recuerda a los actuales sistemas de videoconferencia. Vamos, una visión del futuro bastante aproximada a la realidad actual, pero con algunos apuntes propios de aquella época.)

Freder le pregunta a su padre que por qué los obreros trabajan tantísimo, que ya que fueron los que construyeron Metrópolis deberían ser tratados con algo más de respeto. Pero el padre, pensando sólo en la productividad, le espeta a Freder que dónde considera él que tienen que estar esas manos, como insinuando, a voces, que los obreros han nacido para ser obreros. Igual que la jerarquía de una colmena, así es la jerarquía de Metrópolis.

Sin embargo, los obreros tienen un secreto para seguir sacando fuerzas en el trabajo, y es que cuentan con una líder espiritual que les ayuda, les aporta mensajes de paz y amor y les cuenta, a modo de sermón, el paralelismo existente entre el titánico trabajo de mantener Metrópolis a flote y la creación de la Torre de Babel. Esa líder espiritual es María, la chica de la que está enamorado Freder, y esa escena, en la que María les cuenta la historia de la Torre de Babel, es presenciada por Joh Fredersen, que acompañado del científico loco de la película, el Dr. Rotwang, planea controlar a los obreros y exprimir aún más su productividad utilizando a María (más bien, a un engendro mecánico con la apariencia de María) para que Metrópolis crezca aún más. Esa idea de Joh Fredersen provoca una serie de situaciones tremendamente ágiles, bien resueltas y que dan un aspecto más actual a la película, pudiendo presenciar un tremendo despliegue de efectos especiales en la escena en la que Rotwang copia la apariencia de la chica al ciborg, y en las consecuencias que aporta el dejar suelto al engendro mecánico por la ciudad.

Conversión del ciborg
El ciborg de Rotwang, adquiriendo el aspecto de María para manipular a los obreros. En la pared se puede distinguir una estrella satánica.

No voy a contar más, porque ya sería meternos en el desenlace del film, pero sí recomendar su visionado, disculpando la pérdida de algunas escenas (hecho del que se nos informa al comienzo de la película), pues hay que recordar que ésta se rodó en Alemania, una década antes de la Segunda Guerra Mundial, y que parte de la película fué radicalmente mutilada en Estados Unidos, perdiéndose algunas escenas para siempre (bueno, eso o que Moroder no pudo localizar todos los fragmentos perdidos de la película), aunque también es muy cierto que en 2002 se hizo una nueva restauración, mucho más purista, con más escenas, más cercana a la duración original de la película, aunque también más lenta de ver. Obviamente, en la versión de Giorgio Moroder prima el dinamismo. No se reduce todo a acelerar la acción de la trama, en sí, sino que la composición musical consigue mitificar esta película, actualizarla de una forma impresionante, ayudando a construir el argumento de la misma, complementando las escenas que faltan. Y aunque sería de muy buen gusto poder ver una nueva versión, un remake, de esta obra, lo cierto es que Metrópolis, la original, así como la restauración de Moroder, son dos versiones de la misma película, ambas insustituíbles, y con una moraleja como eje principal de la historia, que se menciona desde el principio de la película, y que sigue siendo de una brutal actualidad: «Las manos y el cerebro deben estar unidos por el corazón«.