¡Feliz Año Nuevo!

¿Seguro? ¿De verdad nuestros deseos para con el resto del mundo son de felicidad? ¿Por qué? ¿Qué razón nos lleva a creer que el cambio de día rutinario, incentivado por una serie de actos simbólicos con los que nos despedimos de un periodo para comenzar otro, que no sabemos nunca si será mejor o peor, merece una fiesta?

Hay gente que se tira todo el año maldiciéndolo y auto-compadeciéndose, y piensan que las doce campanadas de rigor van a borrar todo lo malo, y que la gente a la que deben dinero, a los que han despreciado, etc., van a desaparecer, o a llamarles amistosamente para prestarles más, o para hacer las paces… Y a lo mejor, si esas campanadas realmente pudieran borrar algo, borrarían lo bueno, dejando sólo el recuerdo.

El cambio de año no deja de ser un cambio de día como otro cualquiera. Los chinos, por ejemplo, no viven en 2007, ni en 2008, sino en el Año del Perro o en el Año de la Rata. Los musulmanes, ya ni te cuento, porque su calendario empezó con la Hégira, a mediados de Julio del año 622 de la era cristiana. El Calendario es una herramienta de referencia muy importante si queremos tener presente la cuarta dimensión (Tiempo) a cada segundo que avanza nuestro reloj.

Un año más en la vida es un año menos de vida. Un año que ya no volverá. Unos acontecimientos que, o buenos o malos, han pasado y han marcado nuestra forma de pensar, de vivir… Es un periodo que ya forma parte de nuestra Historia, y es un año menos de ventaja con respecto a la Muerte, acercándonos un poco más al final de la película de nuestra vida.

Así que, dicho lo dicho, ¿de verdad queréis que os felicite el Año Nuevo? 😯