El Juego (Episodio 5)

Un horroroso gruñido se escuchó por todo el corredor. Al volver la vista, Arturo fue presa del espectáculo más terrible que alguien pudiera imaginar: un monstruo similar a una especie de albóndiga con dientes se dirigía al lugar donde él estaba. De repente, la luz se apagó…

En una habitación del hospital, una chica, sentada a los pies de una cama, llora desconsolada. Un celador accede al lugar y le pregunta si puede hacer algo por ella. La muchacha niega con la cabeza. En la cama, un hombre, con gran parte de su cuerpo quemada, permanece inconsciente.

La chica sigue llorando desconsoladamente…

El celador sale de la habitación, ante el drama que está presenciando. De repente, una luz le ciega, una monstruosa migraña asalta su cabeza y cae, a plomo, al suelo. Al levantarse, encuentra que lleva puesto un casco, de color azul, y un uniforme gris claro, ajustado al cuerpo. Está en un lugar siniestro, oscuro, y no ve a nadie. Asustado, grita: "¡Hola! ¿Me escucha alguien?"

Sus ojos no le permiten ver, ni se acostumbran, a esa oscuridad tan profunda, y a tientas consigue llegar a una pared, que empieza a seguir, tanteando, hasta que choca con algo blando.

– ¡Ay! No me pegues patadas y ayúdame a levantarme, por favor. – Dijo Arturo.

– Hola, señor. ¿Sabe dónde estamos? – Preguntó el celador.

– Ayúdame a levantarme y salgamos de aquí, que nos matan. – Respondió Arturo.

El celador alzó su vista, y, aunque a duras penas conseguía distinguir nada, cuando sus ojos empezaron a hacerse a la oscuridad pudo ver al espeluznante monstruo con forma de albóndiga, que estaba comiéndose al señor que estaba atado, como si de un bizcocho se tratara. El celador ayudó a Arturo a incorporarse y ambos salieron por piernas de allí. Corrieron durante muchos minutos en la más absoluta oscuridad por el inmenso pasillo. Un pasillo que era más tenebroso que nunca.

En el hospital, varios médicos rodean el lugar donde se desvaneció el celador. La mujer que estaba en la habitación, al escuchar el ruido, quiso ver de qué se trataba: varios hombres pusieron en una camilla el cuerpo en coma del celador y lo llevaron a reanimación.

Mientras, en el tenebroso pasillo, Arturo y el celador seguían huyendo.

De repente, el pasillo se iluminó por completo. Una cegadora luz lo invadía todo, y, a duras penas, el celador pudo verle la cara a Arturo.

– Usted… ¡Usted está ingresado en el hospital por quemaduras graves! ¡Acabo de salir de su habitación! ¡Había una chica llorando y no quería molestar!

Arturo miró al celador, extrañado y aterrado a la vez, y le pidió que le explicara lo de esa chica y cómo había sido todo. El celador, que había visto el historial de Arturo, le explicó que, según el historial, había sufrido quemaduras graves al incendiarse su casa, a consecuencia de un escape de gas mientras dormía, que provocó una explosión por la mañana, al sonar el despertador, hacía ya dos años. Y que la chica, morena, bajita y siempre de muy buen carácter, había estado yendo a verle todos los días desde entonces, quedándose noches enteras a su lado.

– ¿Cómo puede ser que lleve dos años aquí? ¡Pero si he llegado hace unas horas! ¿Qué está pasando? – Arturo estaba ciertamente acojonado.

– Pues permítame que le diga que lleva usted dos años aquí, señor, que no es broma. ¡Y yo no quiero estar aquí! No sé qué es este lugar, qué está ocurriendo… ¡Quiero volver! – Empezó a sollozar el celador, estremeciéndose de pánico.

– La chica – dijo Arturo – se llama Sonia. Este año íbamos a casarnos. Queríamos hacer muchas cosas juntos. ¡Dos años! Lleva dos años visitándome y yo no he podido verla, siquiera.

– Así es. Es más, esa muchacha le quiere de verdad. Ha venido todos los días, incluso los festivos. Se queda todas las tardes junto a su cama y le habla, canta, le lee libros… Ojalá yo hubiera tenido tanta suerte como usted. – explicó el celador.

– ¿Suerte? ¡Mírame! ¡Mírate! ¿Crees que estar aquí es cosa de suerte? ¡Suerte hubiera sido no tener que pasar por esto! ¡Estoy destrozado!

Ambos quedan en silencio. Arturo empieza a llorar, cada vez más intensamente. No sabía que estaba en coma, ni que su cuerpo se había quemado en un incendio. Empezaba a entender algunas cosas. Quiere muchísimo a Sonia. Más aún después del gesto de ésta, al estar a su lado en todo momento, y que él no ha podido corresponder como quisiera. El amor que siente por ella es muy fuerte, pero no quiere estar con ella así. Ella no merece pasar su vida así. Arturo cae en un profundo estado melancólico y su rostro empieza a deformarse.

El celador, que estaba observándole, se horrorizó al ver cómo las quemaduras de Arturo empezaban a aparecer, exactamente igual que en su cuerpo, en la cama del hospital. Arturo, el cual estaba ahí, frente a él, seguía llorando porque no podía volver a ver a su amada. No así. Aunque quería, con todas sus fuerzas, volver a ver esos ojos y esa sonrisa que le cautivaron hacía ya mucho tiempo. Quería verlos, aunque fuera por última vez.

– Me quedaré sin decirle lo mucho que la quería. Yo así no puedo, ni quiero volver. Dile que siempre la amaré, y que no siga esperándome. Que procure ser feliz y que sepa que siempre la recordaré y estaré junto a ella.

Arturo se echó las manos a la cara, intensificando su llanto, y empezó a verlas más arrugadas y oscuras. El celador se acercó a consolarle, pero, de repente, una fuerza le arrastró hasta que desapareció de la vista de Arturo, quedándose éste solo de nuevo, rodeado de la inmensa luz, del vacío, que ahora ya sabía qué era y dónde se encontraba. O eso creía…

En el hospital, los médicos están practicándole un masaje cardíaco al celador, que recuperó el sentido, casi por arte de magia, les miró con los ojos como platos, aterrado y se levantó de la camilla como pudo, sin articular palabra, y con gesto de tristeza y miedo en su faz. Acto seguido, sale de la consulta y fue a toda prisa a la habitación donde estaba la mujer llorando. Un médico, completamente asombrado de la reacción del muchacho, salió corriendo trás él, a toda prisa.

El celador entra en la habitación y le pone la mano en el hombro a la chica:

– Sonia. – Ella se sorprende, porque no le ha dicho su nombre a nadie. Pero no quita la vista de la cama en la que descansa Arturo.

El celador prosigue:

– Arturo me ha dicho que siempre la amará, pero que él no puede volver así. Me ha pedido que le pida perdón en su nombre y que la echará de menos.

La muchacha, en ese momento, se giró y, al ver la cara del hombre que hablaba con ella, recordó que, pocos minutos antes, había sido llevado a observación por supuesta muerte súbita. Rompió a llorar, y se acercó a la cama, dirigiéndose a Arturo, que yacía con el 80% de su cuerpo quemado. De repente, un flash, como un estallido de luz muy fuerte, pasó ante sus ojos, y el paciente abrió los suyos, tímidos, que inmediatamente empezaron a llorar copiosamente.

Arturo pudo articular débilmente sus últimas palabras: "Te amo, Sonia. Siempre te amaré y nunca te olvidaré. Dale las gracias, de mi parte, al celador."

Acto seguido, los ojos de Arturo empezaron a apagarse. La boca se cerró, exhalando el último suspiro. No había pulso. El celador, que estaba de pie, presenciando la escena, ante la posibilidad de volver a perder el sentido, optó por sentarse, verdaderamente aterrado, tapándose la boca con la mano y con los pelos de punta, pegado a la pared de la habitación, a la que accedieron, inmediatamente, varias enfermeras y el médico que había seguido al celador, que certificó la muerte de Arturo el día 13 de Agosto de 2010, a las 7h15 de la mañana.

El misterio del Juego se quedó sin resolver…

¿Seguro?

En una habitación contigüa al pasillo donde se encontraba Arturo, unas criaturas juegan a los dados mientras mueven unas figuras con forma humana por un complejo tablero. Hay dos equipos: rojo y azul.

– ¡Ha salido un dos! ¡Gané! – Dijo una de las criaturas, entre tinieblas, mientras movía una figurita, quemada casi en su totalidad, a la casilla del centro del tablero…

 

F I N