El Juego (Episodio 4)

Arturo volvió en sí, y notó que su cuerpo no tocaba el suelo, que lo llevaban, fuertemente agarrado, por un lóbrego y húmedo corredor. Todo estaba en penumbra, y no acertaba a ver qué sucedía. Asustado tremendamente por la situación, empezó a agitarse, para intentar soltarse de las manos que lo asían. Súbitamente, sus portadores se detuvieron. Un silencio sepulcral se hizo alrededor del grupo y una corriente de aire, tremendamente helado, recorrió el larguísimo corredor.

Arturo no acertaba a ver nada. Sólo notaba que sus brazos y pies estaban fuertemente agarrados por unas manos huesudas y frías.

De repente, volvió a perder la conciencia.

Cuando se despertó, se hallaba en una estancia amplísima, como un aparcamiento subterráneo, pero sin columnas. A duras penas podía ver los límites de la estancia, menos la pared sobre la que estaba echado. Una iluminación fortísima le impedía abrir los ojos con normalidad. Pero aquel lugar estaba vacío. No se veía ni el techo ni la fuente de luz, pero tampoco había eco, como pudo comprobar:

¿Hay alguien ahí? – Gritó.

Nadie contestó.

Miró a la pared que estaba a su espalda, separada de él menos de un metro y observó la línea de color. Inmediatamente recordó lo que le dijo aquel que decía llamarse Emilio. Pronto observó que dicha franja, de color azul, marcaba una dirección, por lo que optó por ir hacia donde le indicaba.

La luz de la estancia tenía una intensidad casi sobrenatural, pero no hacía calor, ni había corriente de aire. La temperatura parecía perfecta, y Arturo empezaba a sentirse de maravilla, físicamente, aunque aún estaba acojonado por su situación. Iba siguiendo la línea y mirando, de cuando en cuando, hacia delante. Parecía algo fácil, aunque llevaba mucho tiempo y no había visto ni una esquina, ni una subida, ni una bajada, en aquella gigantesca estancia.

De repente, su cabeza chocó con algo que le hizo detenerse. Arturo alzó la vista y vió contra lo que había chocado: un hombre, con un casco rojo, estaba colgado por las muñecas, a unos 30 cm del suelo. El hombre era bajito: metro sesenta y cinco, aproximadamente. De mediana edad y con mostacho, cara ajada, extenuado, sangrando por la nariz y casi desmayado. Un señor inofensivo, a priori, pero que estaba sufriendo las consecuencias del Juego, al que había llegado, como Arturo, sin querer.

De repente, la impresionante luz se desvaneció, y Arturo se dió cuenta de que estaba en el larguísimo pasillo del comienzo de su aventura. Inmediatamente, escuchó, a su espalda, un sonido que le resultaba familiar…