El Juego (Episodio 3)

Las Reglas del Juego

Una mano se posó en el hombro de Arturo. Éste se asustó y se apartó, arrastrándose, y a punto de sollozar como un crio. Pero una voz, con tono sereno y que inspiraba mejor rollo que el monstruo del pasillo, empezó a informar a nuestro protagonista de la situación en la que se encontraba:

– Te encuentras, como nosotros, dentro de un juego creado no sabemos por quién ni con qué finalidad, pero en el que hay que completar todos los retos que nos encontremos, pues es la única forma de sobrevivir. Nosotros llevamos mucho tiempo aquí dentro y hemos tenido que aprender a vivir huyendo de las trampas y consiguiendo retos. Cada cierto tiempo encontramos comida, y para asearnos hemos encontrado un conducto que libera vapor de agua. Quema, pero te acostumbras, ya que otra cosa no hay. 

Arturo intentaba ver a quien le hablaba, pero no lo conseguía…

La voz prosiguió:

– Hay más gente aquí dentro. Somos dos equipos: rojo y azul. Cuando estabas en el laberinto supongo que verías unas franjas del color de nuestro casco en la pared: indican que estamos dentro de nuestra zona de juego, que todos los retos que aparezcan en ella nos tocará resolverlos a nosotros. Son pruebas estúpidas, pero puede costarnos muy caro el negarnos a realizarlas.

Arturo estaba asombrado, aunque asintió con la cabeza sobre el tema de las marcas. Seguía sin ver a nadie, más que el brillo de los ojos de su interlocutor, el cual prosiguió con su explicación:

– Nosotros teníamos un compañero, Teo, que se negó a participar en una prueba que consistía en encontrar a un miembro del equipo rojo y desmembrarlo vivo. Teo era un chaval campechano, buena gente, que estaba horrorizado por lo que pasa aquí dentro, y no pudo hacerlo. No podía matar ni una mosca.

Nuestro malogrado protagonista, con voz temblorosa, preguntó: "¿Qué pasó con Teo? ¿Por qué dices que "no podía"? ¿Sigue vivo?"

– Ellos se lo llevaron y hoy le has conocido, en el Corredor.

Un escalofrío de terror recorrió el cuerpo de Arturo, desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de la cabeza. El monstruo que le había estado persiguiendo casi media hora había sido, no se sabe cuánto tiempo antes, un ser humano, que probablemente tendría familia, esposa, hijos… Inmediatamente, sin pensarlo dos veces, Arturo se intentó incorporar, para ver la cara del que le había contado toda esa historia. Le preguntó su nombre. – Emilio, dijo él. De repente, al acercarse, pudo distinguir más miradas alrededor. Varios ojos, similares a los de la criatura del corredor, le estaban mirando fijamente. Una voz dijo: "No tengas miedo, Arturo", pero éste cayó en redondo al suelo, desmayado. Demasiadas emociones en tan poco tiempo. Y encima, con la mano hecha polvo por la quemadura…

(CONTINUARÁ)