El Gran Dictador: Obra Maestra

Acabo de volver a ver esta Gran Película, en la que un Charles Chaplin tremendamente mordaz, con un sentido del humor realmente impecable, presenta una sátira sobre Adolf Hitler (Astulfo Hynkel en la película) y sus amigos de correrías, como Benito Mussolini (Benzino Napaloni), en la que relata, de forma paralela, la historia de un barbero judío que, trás haber servido en la Primera Guerra Mundial y salvar a un oficial, llamado Schultz, queda totalmente amnésico y pasa veinte años en un hospital de Tomania (el nombre que se le da en la parodia a Alemania), y los planes del dictador Hynkel para hacerse con el control del mundo.

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Una película altamente recomendable de ver, y muy actual.

El barbero judío, un día, se va del hospital y los médicos no se lo impiden, porque consideran que no presenta ningún peligro, ni para la gente ni para él mismo (de hecho, se estaban reuniendo para darle el alta cuando son informados de que el paciente se ha marchado). Chaplin, evocando a su legendario personaje, Charlot, se presenta en el «Ghetto» (el barrio judío) y regresa a su barbería. En ese punto desaparece el personaje de Charlot para el resto de la película, el cual sólo fue incluido para hacer un guiño al público, y representa el papel del barbero, que lo primero que hace es eliminar de las ventanas de su negocio la palabra «Judio» en contra de los deseos de las Fuerzas de Ocupación (grupos de soldados del dictador que patrullan las calles y actúan a sus anchas), sucediéndose una serie de cómicas escenas en las que, una vez más, Chaplin demuestra que el potencial del lenguaje corporal, única forma de expresión heredada del cine mudo, junto con la forma de utilizarlo cinematográficamente, no ha perdido fuerza, y en las que los soldados encargados de pintar la palabra «Judío» en los establecimientos, son humillados de una forma humorísticamente inteligente, guiño a los gags que popularizara en la etapa del cine mudo.

Aún hoy día podemos comprobar que El Gran Dictador es una película con un sentido del humor actual, un argumento muy bien hilado y una combinación de gags y drama equilibrados de forma que la película nunca deja de ser una comedia, aún existiendo en ella toques dramáticos, aunque el mismo Chaplin, después del desastre de la Segunda Guerra Mundial, confesó que «si hubiera sabido todo lo que estaba pasando en realidad, jamás habría hecho la película«. Evidentemente, la cinta es una comedia y, como he comentado hace un par de frases, en ningún momento deja de serlo.

¿He dicho en ningún momento? Pues disculpad, que os lo rectifico. Durante todo el metraje se presentan dos historias: las ambiciones de Astulfo Hynkel y sus vicisitudes con Benzino Napaloni, y la sencillez del personaje del barbero, que sólo busca vivir en paz y tranquilidad. Pero en los últimos minutos de la película, ésta da un giro, y Chaplin, como uno de los dos personajes que interpreta en la película, consigue dar un discurso cargado de contenido y que se podría catalogar de excepcional, exaltando todos los valores contrarios a la ideología Nazi, siendo la época que era (1940, en plena Segunda Guerra Mundial) y que, si actualmente puede ponerte la carne de gallina (en su totalidad o en parte), con la sensibilización de aquel entonces tuvo que levantar aplausos en los lugares más insospechados. Concretamente, y aunque suene paradójico, Hitler, el original, el que le comió la cabeza a los alemanes ocultándoles una realidad de pobreza bajo una capa de armamento y hegemonía militar (de lo que también se hace eco la película), tenía esta cinta entre sus favoritas, y ordenó que se la pusieran varias veces.

En Italia, la película se proyectó con normalidad, riéndose los italianos de la soltura con que Benzino Napaloni, el dictador de Bacteria (Italia – además de que Chaplin le puso ese nombre con segundas… 😆 -) conseguía evitar las tretas de Hynkel, con las que éste quería demostrarle al Bacteriano su superior poder armamentístico.

En España, hasta que pasaron varios meses desde la muerte de Franco, la película estuvo censurada. Y es obvio, porque el discurso final podía haberla liado fina, pero muy mucho, en este país de gente exaltada y descontenta (pero del que nadie se larga), y haber provocado una desenfundada de garrotas y rastrillos descomunal, aunque estuvo circulando por algunos circuitos privados, en versión original, y provocando las risas de los cuatro mangurrianes que chapurreaban inglés, ya fuera por sus trabajos en las bases estadounidenses de Rota, Morón, Torrejón de Ardoz, Zaragoza… o porque habían estudiado el idioma de Shakespeare y se encontraban en el extranjero.

En Alemania, la censura de la película fue total, de una forma similar a la acontecida en España (aunque, en este caso, era más por el daño mortal que podía hacer a la Propaganda y al propio sistema de gobierno del Fürher). Aunque Hitler tenía una copia en su cine privado, y la cinta destacaba entre sus favoritas. Hasta pasados 13 años de la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, no se estrenó la película, provocando verdaderos ríos de tinta en las fechas de su estreno, en 1958.

Los nombres que reciben los diferentes oficiales y ministros que aparecen en la película, la mayoría de ellos históricos, fueron modificados con ingenio y mala uva. Por ejemplo, a Himmler, el máximo dirigente de las SS, le llaman Garbistch (En inglés fonético: basura). A Benzino Napaloni le presentan como un dictador pícaro y fantasma, como se deja entrever en un momento del desfile militar que Hynkel organiza para que Napaloni se acojone ante el poderío militar de Tomania, en el que el Bacteriano se jacta de tener «tanques voladores y subacuáticos» en el ejército de Bacteria. Momentos después, durante el desfile de la aviación de Tomania, Napaloni dice «Ah, esos son nuestros aviones«, Hynkel le recrimina «No. Esos son aviones de Tomania«. Al instante suena una explosión, presuponiéndose un accidente aéreo, y Napaloni rectifica: «Cierto, son aviones de Tomania«.

La historia del barbero, el otro personaje que interpreta Chaplin en la película, es una parte del hilo argumental nada supletoria, puesto que representa la cara «amable» del film, en la que se encuentra el pueblo llano y el resultado de las decisiones del dictador sobre éste, cómo influye en ellos la actuación de las Fuerzas de Ocupación y cómo una historia de amor entre el barbero y una chica, llamada Hannah, crea un hilo más dentro de la madeja de esta fluida historia, en la que el único objetivo es reírse de las ambiciones de un gobernante pasado de vueltas y apelar a la sencillez y al sentido común.

En conclusión: una magnífica película que hay que ver y disfrutar. Chaplin aprovechó muy bien las ventajas del cine sonoro y supo extraerle todo su jugo con esta creación. Con un sentido del humor brutalmente actual y una capacidad interpretativa capaz de transportar dentro de la historia al espectador más duro, hay que tener muy en cuenta que «El Gran Dictador» se rodó y estrenó en una época en la que el mundo estuvo a veinte uñas, demostrando la diferencia entre las películas que merecen pasar a la Historia y todas las demás, sólo por su acertado argumento y su ácido sentido del humor.

Una auténtica Obra Maestra, creada por un auténtico Genio, que se jugó los cojones, pero bien, al hacerla.