Derechos y Deberes

Últimamente estamos asistiendo, casi como si fuéramos meros espectadores sin opinión, a una tónica general de indulgencia a todo aquel que comete un acto delictivo. En ocasiones, porque es un menor, en otras, porque es extranjero, en otras, porque se ha puesto en huelga de hambre… Total: un cúmulo de despropósitos centrados en la ideología de que todos somos exactamente iguales y tenemos los mismos derechos. Es decir, que un drogadicto en fase terminal tiene los mismos derechos que un profesor universitario o que una modelo de pasarela.

A todo el mundo se le llena la boca con la palabra «derechos», pero a pocos les pasa por la cabeza que, para poder disfrutar de unos derechos hay que cumplir con unos deberes, que permitirán, entonces sí, establecer una diferencia clara entre los diferentes sujetos.

Estamos presenciando, con auténtico estupor, cómo la ingente masa de carne con hierrajos y china de fumar en el bolsillo en los que se ha convertido la generación nacida a finales de los 80 y principios de los 90 abusa de la imbecilidad de sus padres, que siendo incapaces de educarles desde temprana edad, o educándolos de un modo extremadamente permisivo en la estúpida creencia de que así crecerían inteligentes y formales (con la «sana» intención de darles «lo que ellos no tuvieron«), se mofa ahora de los adultos, sistema judicial incluido, con el rollito ese de los derechos del menor, que antaño eran «ver, oir, callar y ojito que te marco los dedos en la cara«, y que ahora pasan por una protección excesiva por parte de jueces y otras entidades, que no se han preocupado en su puta vida de educar a un niño de forma directa. Por ejemplo, en la actualidad tienen a bien aprobar una órden de alejamiento de catorce meses para un padre por haberle sacudido con la zapatilla a su hija al haberle contestado ésta mal.

Vamos a ver, sopesemos: si quieres disfrutar de unos derechos, cumple con tus deberes, que en el caso de la niñata esa son tan sencillos como estudiar y vivir de los padres hasta que pueda vivir de sus hijos (si llega a tenerlos), o del chulo con el que se case. Si no cumples con tus deberes, no tienes derechos, es así de claro. Pero la Justicia se está volviendo tan condescendiente que empieza a dar que pensar si lo que buscan no es una degradación de la Sociedad hasta un punto en el que no haya retorno posible. Por supuesto, políticamente es mejor manejar borregos que gente pensante, así que no me extrañaría, en absoluto, que la finalidad fuera la de crear gigantescos rebaños de ganado humano fácilmente manipulable por los inútiles que tenemos actualmente por políticos.

Tenemos otro ejemplo claramente destacable, y es el de aquel que, después de haberse pasado por el forro del ojal los Derechos Humanos y la Constitución matando personas, se pone en Huelga de Hambre para reclamar sus derechos y extorsionar al organismo público de turno, que no se entera de que le están dando las collejas a mano abierta y se atreve, incluso, a considerar las propuestas del que, en condiciones normales y en una sociedad realmente justa, sería encerrado en un agujero oscuro y allí se le dejaría en paz proseguir con su «huelga».

Básicamente, los ejemplos que he puesto ahora mismo pueden resumirse en una frase que puse al principio: para poder ostentar unos derechos, debes cumplir con tus deberes. Este principio es el equilibrio que permite que los Derechos Humanos realmente valgan algo, y no se usen como excusa para beneficiar a nadie por la cara. Ejemplos de lo que yo creo una aplicación efectiva de este equilibrio:

– Si matas injustamente, pierdes tu derecho a la vida y cualquiera debería poder matarte sin que ello le suponga pena de cárcel alguna.

– Si robas a alguien con violencia, pierdes el derecho a tu integridad y a la propiedad. Vamos, que cualquiera puede pegarte una paliza y robarte sin que ello le suponga un proceso legal.

– Si maltratas a tus padres, pierdes el derecho a ser tratado correctamente, lo que incluye que el buen señor que es tu padre te casque en la boca con la hebilla del cinturón, y luego vete a denunciar, joven, que se van a reir de tí (como sucedía hace sólo veinte años).

… Y así un montón de ejemplos más, en los que podríamos tirarnos analizándolos un buen puñado de horas.

Sé que se asemeja bastante a la Ley del Talión (la del «ojo por ojo«), y evidentemente es algo similar, aunque no tan bestia, primando la razón por encima de todo el asunto, ya que hay situaciones muy complejas en las que dirimir hasta dónde llegan los derechos y deberes del actor (entiéndase por actor a aquel que comete un acto enjuiciable), según la causa expuesta. Pero con un personal judicial preparado, que se ocupe de analizar todas las variables de un caso en lugar de sólo los hechos puntuales que permiten iniciar un proceso podríamos, por fin, comprobar la integridad de la Justicia, y quedarían aparte despropósitos como el de la Magistrada aquella que, una vez dictada la inocencia de un condenado, y estando éste en prisión provisional, no firmó el acta de liberación, pasando este hombre 437 días encerrado en una cárcel sin tener ningún tipo de causa pendiente ni pena por cumplir. Huelga decir que ha salido porque, haciendo una «limpieza» en los juzgados, alguien encontró el expediente de marras y comprobó, con gran sorpresa, que dicho caballero se encontraba aún en los calabozos de la prisión de Albolote (Granada), 437 días después de haberle sido concedida la libertad sin cargos.

A la magistrada la han cesado, y parece que tenía ya un historial de faltas.

¿Podemos esperar un equilibrio entre derechos y deberes con especímenes como esta tiparraca en el «panel de control» del cotarro legal?

¿Abundan tanto como parece?

Paren el Mundo, que me quiero bajar. Tonto el último.